ONDULACIONES ENTRE EL ACTOR Y EL DIRECTOR
Actualizado: 8 oct 2020
Por Andrea Ojeda.
“Ciertas percepciones y actividades, como la creativa, se dan muy raramente. La asociación de ideas que llevan aparejados los actos del genio creativo, por insignificantes que sean, requieren al parecer el despliegue de múltiples recursos del cerebro. Es indiscutible que estos actos creativos son rasgo distintivo de nuestra civilización y del hombre como especie animal. Con todo, en muchos individuos se producen raramente y es muy posible que ni el sujeto que padece una lesión cerebral ni el médico que le examina perciban su ausencia.”
Carl Sagan, Los dragones del edén.
Cuando compartimos periodos de investigación y de ensayos hacia la concreción de un nuevo espectáculo teatral, la asociación director-actores es una posibilidad para la coexistencia de mundos heterogéneos. Nuestros imaginarios se compenetran quebrando la lógica formal.
El trabajo creativo es un proceso continuo para despertar del sueño de la única y vulgar realidad posible. Despertar del estático sueño individual puede ser creer, crear y vivir nuevos mundos, realidades imposibles y múltiples.
La aceptación de la coexistencia de realidades permite la aparición de verdades poéticas. Entonces, si nuestro racional dicta que:
“Donde hay un cuerpo no puede haber otro cuerpo”.
La revelación poética desplegada por la convivencia de universos simultáneos manifiesta que:
En un cuerpo puede haber muchos cuerpos.
Donde hay un mundo puede haber muchos mundos.
Esto, también es lo otro.
Donde hay un presente puede haber muchos presentes.
Si la búsqueda poética inicia mirando nuestras imágenes quietas y definidas reflejadas en un estanque, y si el agua es de quien tira la piedra; todos tiramos nuestras piedras en el estanque. Sabemos que son fragmentos. Palabras, imágenes, objetos, subjetividades, músicas, preguntas, ocurrencias, vestuarios, fotos, presencias, haceres…fragmentos que caen, provocando una onda que se extiende. Las piedras inician su recorrido descendente, se hunden en el agua generando ondulaciones, que cuando llegan al borde del estanque rebotan.
Nos miramos en el mismo estanque, en la superficie espejada ahora en movimiento, la imagen de todos se pone en juego. No hay límite definido. No hay contorno fijo de la imagen colectiva. Así, poniendo en cuestión la autenticidad de nuestro reflejo, el proceso creativo ha comenzado.
En estos primeros momentos de nuestra búsqueda poética lo fundamental es el contacto de las ondulaciones que producen los distintos fragmentos, arrojados por las distintas partes. Recuerdos, espacios, canciones, sueños, fracciones de distintas verdades siguen cayendo. Las ondas que se generan a partir de distintos puntos, comenzaron siendo círculos perfectos, que ahora se entrecruzan, rebotan, golpean unas con otras hasta que ya no logramos distinguirlas con claridad. El agua se mueve como si tuviera vida y nuestras imágenes y todo lo que flota sobre ella también ondula, se altera.
Como dice Carl Sagan “…los descubrimientos más importantes son a menudo los más inesperados, y no una simple extrapolación de lo que ya sabíamos…”
La creación escénica es descubrimiento.
Aunque mucha producción teatral es la reconstrucción efectiva o no efectiva (en el peor de los casos) de una realidad conocida. Una apariencia.
Una actriz, con vestido de época, sobre el escenario, dice el texto de Federico García Lorca, como si fuera Doña Rosita, según las indicaciones del director, algunos espectadores se emocionan, algunos críticos aprueban…
Muchas veces, también, formas aparentemente más innovadoras o modernas pueden ser sofisticadas fachadas de alguna verdad escamoteada.
Claro que el problema no está en Lorca, ni en Doña Rosita, ni en el vestido, ni en el escenario, probablemente tampoco en la actriz, ni en el director. Pero ¿Cuál fue la asociación entre ellos: personas vivas, muertas, personajes, objetos, espacio…? ¿Qué fue lo que impidió que entre ellos se concrete un hecho creativo? ¿Qué es lo que debilita la voluntad de búsqueda o el optimismo de algún posible descubrimiento?
Quizá sean las creencias, creencias bien parecidas a las que han establecido nuestro molde, las mismas que organizan nuestros comportamientos y compromisos cotidianos, y las que nos brindan cierta seguridad, cierta eficacia y nos garantizan cierto reconocimiento. Es lógico, si podemos circular al amparo de las creencias, ¿Porque correr el riesgo de encontrar un "éxito" o un "fracaso" poniéndolas en cuestión?
Si fueran nuestras creencias las que nos impiden concretar un hecho creativo, quizá crear sea constituir creencia, descreer para comenzar a creer.
La planificación de ensayos nada tiene que ver con sostener o reafirmar una idea, ni con buscar premeditadamente que las vinculaciones de los fragmentos se acomoden a una realidad escénica ya definida. No hay una sola lectura, ni verdad confiable. El plan de trabajo más tiene que ver con reconocer los mapas y trazar los recorridos necesarios para orientarnos en la expedición subacuatica.
Debajo del agua, que “favorece todas las cosas y no excluye a ninguna” (Tao te kin), pueden moverse extraños mundos inimaginables.
Los fragmentos van completando su caída, tocando fondo.
El agua del estanque está llena de estímulos, material orgánico y reactivo. Imaginarios muy variados. Como en “La Sopa Original” pululan en el agua muchas formas distintas de vida. Todo está allí por desarrollarse, recombinarse y complejizarse.
Si en la sopa original donde la creación fue natural, la vida se abrió paso a través de las formas y los tiempos. En nuestra sopa, seremos nosotros los que en el tiempo iremos desplegando las formas de una nueva realidad, poética-artificial, que pueda llenarse de vida.
Trabajamos con la conciencia de que el desarrollo es vinculación entre las partes y sobre todo síntesis sin anulación. Entre el director y los actores comienza un diálogo de provocaciones y motivaciones, que dan inicio a una nueva etapa, un recorrido ascendente, de la oscuridad a la luz de la superficie. En esta ascensión los fragmentos se reorganizan en primeras combinaciones, escenas posibles. Aparecen impresiones compartidas, líneas de lo que podría llegar a ser “la unidad creativa”.
El oficio y la técnica del director y de los actores aparecen, o mejor, son la posibilidad de poner en diálogo mundos fragmentados. Ponerse en diálogo es, sin duda, disposición a la transformación, reconocimiento de carencias e invitación a concretar cosas que nunca imaginamos como posibles en la realidad de nuestros pequeños mundos individuales. Pienso que no hay creación sin redescubrimiento de la profesión, sin imagen personal trastocada, sin desconocimiento.
Idas y vueltas entre director y actores.
El director propone mundos escénicos bocetados. Los actores proponemos presentes inéditos. Idas y vueltas de materiales que van articulando dramaturgia.
Idas y vueltas que van reafirmando que juntos podemos contar algo que valga la pena.
Los fragmentos originales ya no son piezas de rompecabezas, no tienen identidad ni un lugar único a ocupar, inclusive algunos de ellos son prescindibles, entorpecen, ilustran o confunden el paisaje poético que vamos desplegando. Las piedras que arrojamos algunos meses antes, movilizando nuestro reflejo en el agua, esos fragmentos que no tenían pretensión de unidad, en el estanque mutaron. Reinventados por distintas consignas de interrelación, devinieron en partes complejas que, en este nuevo momento, intentamos reconocer y desplegar.
Ensayo tras ensayo experimentamos tanteos y pruebas de unidad. El trabajo de creación necesita la inteligencia para desprenderse de lo que sobra. A veces lo imprescindible es tener espacio y el descarte de palabras, objetos, escenas completas, dejan nuevos blancos para el desarrollo de lo que comienza a aparecer como imprescindible.
Para cuando encontramos un primer borrador nuestras cabezas están abriéndose a otras lógicas. El director trabaja definiendo las líneas de acontecimientos y proyección de las escenas. Los actores precisando los detalles del transito, entendiendo en el cuerpo las precisiones necesarias para vivir en el nuevo mundo. Reconocer las reglas, que liberan el juego.
En los detalles, en los que dicen habita el demonio, en esas pequeñas definiciones de ritmo, contraste, intensidades, luz, rasgos, ángulos, proyección, sombra, volúmenes, tensiones…es en esas elecciones algunas compartidas, otras solitarias del director o de cada actor, donde la creación encuentra los últimos pasos de desarrollo. Las últimas mutaciones que le permiten salir a la superficie, abandonar el agua. Respirar. Desprendimientos, casuales encuentros finales ayudan a transitar el último tramo ascendente del recorrido acuático.
El lenguaje poético se articula, y lo que al inicio era un balbuceo incomprensible, lo que era una frágil probabilidad, el esbozo de una fantasía, se concreta como acontecimiento que relaciona todo lo propio, todo lo que está dentro y lo que quedó fuera del estanque. El fenómeno nos da posibilidades de nuevas reflexiones y apertura de conciencia. Nuestros diálogos, que al comenzar el proceso hubieran sido demasiado sutiles, inéditos, vertiginosos, fantasiosos o locos, hoy sintetizan un nuevo entendimiento. La pertenencia a un mismo territorio insólito, la conquista grupal de una realidad múltiple reflejante.
Agarrados del borde del estanque, miramos expectantes hacia la profundidad, proclamando el derecho a la existencia, vemos emerger como versión original el espectáculo.
Nuestro espejo natural nos devuelve un nuevo reflejo e imagen grupal.
Bajo el agua quedan fragmentos, palabras, objetos, canciones, humoradas, relaciones, acciones, diálogos, escenas, fricciones, ficciones...Todas conforman y alimentan el imaginario común, lo puesto en juego. Quizá, allí estén las partes fundamentales de otras creaciones.
A. O

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